
El mundo romano concebía la ciudad como "el soporte de la vida política, del arte y la cultura"(1). Era también la forma normal de organización del territorio y la unidad polìtica más fundamental.
La densidad urbana era muy desigual. La gran mayoría de la población se concentraba en la zona oriental del Imperio, que era también la más fuertemente urbanizada. Esta tradición se remontaba mucho antes de la conquista romana. Oriente constituía para el Imperio, una gran fuente de productos y mercancías, y poseía desde antiguo una importante clase comercial y artesanal. Una buena red de carreteras era la base de un activo comercio interior y a la vez el factor unificador de las ciudades.
En el siglo II, aparecen nuevos centros urbanos, formados en torno a los campamentos militares romanos. Estos campamentos atrajeron a comerciantes y artesanos locales, que construyeron en sus alrededores pequeñas aldeas, donde los soldados, normalmente licenciados del servicio, se estableceron con sus familias. A veces, estas aldeas llegaban a adquirir cierta consistencia, permaneciendo incluso después de que el campamento que le había dado vida fuese trasladado a otra parte. Ciudades de este tipo surgieron junto al Rin y el Danubio en el tiempo de los emperadores flavios y antoninos: Bonn, Maguncia, Argentorates Estrasburgo), Vindobona (Viena), Singiduno (Belgrado).
Los municipios estaban formados por las ciudades principales y las aldeas y suburbios que de ellas dependían. De los derechos municipales gozaban los nativos libres de un determinado municipio, no los extranjeros. Sus habitantes se dividían en tres categorías: Decuriones, augustales y plebe.
A la primera categoría, que correspondía a la de senador de Roma, pertenecía la nobleza local: terratenientes, grandes comerciantes, militares licenciados, etc.
Los augustales correspondían al orden ecuestre, y por lo general provenían de los libertos.
A la plebe pertenecía la restante masa de población libre.
(1) Weber, Max: La decadencia de la cultura antigua.
La densidad urbana era muy desigual. La gran mayoría de la población se concentraba en la zona oriental del Imperio, que era también la más fuertemente urbanizada. Esta tradición se remontaba mucho antes de la conquista romana. Oriente constituía para el Imperio, una gran fuente de productos y mercancías, y poseía desde antiguo una importante clase comercial y artesanal. Una buena red de carreteras era la base de un activo comercio interior y a la vez el factor unificador de las ciudades.
En el siglo II, aparecen nuevos centros urbanos, formados en torno a los campamentos militares romanos. Estos campamentos atrajeron a comerciantes y artesanos locales, que construyeron en sus alrededores pequeñas aldeas, donde los soldados, normalmente licenciados del servicio, se estableceron con sus familias. A veces, estas aldeas llegaban a adquirir cierta consistencia, permaneciendo incluso después de que el campamento que le había dado vida fuese trasladado a otra parte. Ciudades de este tipo surgieron junto al Rin y el Danubio en el tiempo de los emperadores flavios y antoninos: Bonn, Maguncia, Argentorates Estrasburgo), Vindobona (Viena), Singiduno (Belgrado).
Los municipios estaban formados por las ciudades principales y las aldeas y suburbios que de ellas dependían. De los derechos municipales gozaban los nativos libres de un determinado municipio, no los extranjeros. Sus habitantes se dividían en tres categorías: Decuriones, augustales y plebe.
A la primera categoría, que correspondía a la de senador de Roma, pertenecía la nobleza local: terratenientes, grandes comerciantes, militares licenciados, etc.
Los augustales correspondían al orden ecuestre, y por lo general provenían de los libertos.
A la plebe pertenecía la restante masa de población libre.
(1) Weber, Max: La decadencia de la cultura antigua.

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